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Una historia de amor y matemáticas

[Una historia de amor y matemáticas, A Story of Love and Mathematics, recounts the bittersweet quest a mathematician with the American government undertakes for the source of his mysterious scientific aptitude. He came from a humble background in Colombia where a high school teacher discovered his talent and procured a scholarship to an American college. The genealogical inquiry unveils a passionate affair his grandmother had with a Polish physicist, an immigrant to Colombia. Less known vocabulary and cultural references footnoted to avoid constantly going back to the dictionary.]

Hay experiencias que no dejan mas alternativa que decir, caramba, si parece de novela. Comienza la historia en Barranquilla de los años treinta con un barco cafetero que regresaba de Europa cargado de radios Philips, paños ingleses y los emigrantes que nunca dejaron de soñar en América. El progreso de la ciudad caribeña era un imán para propios y extraños. Era la puerta a la modernidad. Por ejemplo, con el concurso [1] de los alemanes, se estrenó [2] allí la aviación comercial colombiana.

A bordo venían tres hermanos polacos de origen judío. Barranquilla se les reveló inmediata y desenfrenada [3], multirracial y asfixiante. El mayor de los hermanos que también era el más ingenuo [4], Jacobo Bielski, aspiró profundo y sintió aquel aire tropical entrarle hasta los huesos como un presentimiento. Pero no tuvo tiempo de elaborar en el asunto pues al cruzar la calle el ritmo candente de un danzón lo aturdió [5]. Se paró en la puerta del salón con la maleta de palo[6] en la mano derecha y la sonrisa nerviosa de hombres con muchos días de mar. Una mujer vestida de escarlata y un lunar pintado en la mejilla [7] le voló un beso. Jacobo soltó la maleta.

La cibernética
La historia tiene un segundo comienzo. El protagonista es un matemático con el gobierno de los Estados Unidos de origen colombiano, Edgardo Matamoros Miranda. Matamoros estaba determinado a resolver el rompecabezas de su ascendencia. Se trazó una [8] estrategia para indagar la genealogía del tronco paterno de su madre. La táctica de rigor fue la Internet. Se puso en contacto con el Centro de Genealogía de los Mormones de Utah, considerado el más completo en su género. Cabe recordar que hace ya mucho la genealogía salió de los rancios altillos [9] de la aristocracia y se ha convertido en un complemento importante de la medicina como demuestra el reciente descubrimiento del gene de la depresión realizado por Myriad Genetics en base a los archivos mormones.

El objetivo del matemático Matamoros era diferente. No buscaba indicios de enfermedades hereditarias sino el origen de su aptitud para las matemáticas. “La cuestión es simple”, me dijo con su franqueza costeña. “Yo vengo de una familia sin mayor educación y siempre fue un misterio mí inclinación científica. Mi abuela fue una mujer humilde que emigró del campo a Barranquilla”.

Un gringo que le enseñaba inglés en el bachillerato reconoció el talento de Matamoros y lo puso en contacto con el Departamento de Matemáticas de la Universidad de Florida. No solo obtuvo una beca sino las visas para llevarse a la mamá y a la abuela. Se graduó con honores y pasó a la ciudad de Washington donde se doctoró en la Universidad Católica. “Lo demás es historia”, resume el matemático especializado modelos de medición de terrenos para simulacros de guerra.

El punto de partida [10] para la investigación genealógica de Matamoros fueron las confidencias que la abuela le hizo a su madre. El día que la abuela entendió que su hija había alcanzado el uso de razón, la sentó frente a ella y le dijo que su padre había sido un polaco colorado [11] de apellido Bielski. Le dijo además que la niña tenía los ojos tan llenos de luz porque cuando la concibió no le cupo en el cuerpo más amor [12].
“Entonces,” preguntó la niña, “¿dónde está mi papá?”
“Ah”, dijo la abuela, “eso ya es otro cuento”.

El polaco se había ido a Costa Rica. El único recuerdo de él era un librito con una inscripción en la pasta marrón que nunca se atrevió [13] a pronunciar: Wroclaw.

Una luz al final del túnel
La primera noticia del Centro de Genealogía de los Mormones confirmó la historia de la Abuela. Pero la mayoría de los Bielski de Wroclaw, al sudoeste de Polonia, había desaparecido después de la Segunda Guerra Mundial.

Matamoros puso el siguiente anuncio en cuanto portal encontró dedicado a genealogía: Buscó información sobre tres hermanos de apellido Bielski que viajaron a la costa atlántica de Colombia en los años treinta y subsecuentemente pasaron a Costa Rica.

La historia
A doscientos kilómetros de Barranquilla se despertó un día María Ignacia Sánchez con una determinación inusitada [14].
“Ay, mujer”, le dijo su madre, “usted se ha levantado con mirada de loca”.
No estaba loca. El virus del siglo veinte que había llegado al pueblo con treinta y dos años de retrazo le picó, y por más aguas de hierba buena que le dieran la determinación de irse muy lejos le brillaba en los ojos con luz de calentura.

Las ciudades de América Latina sufrieron verdaderas invasiones en las primeras décadas del Siglo Veinte. Quito se cuadriplicó. La ciudad de México dio pasos decisivos para convertirse en una de las más populosas del mundo. Buenos Aires asimiló más de un millón de gente, entre la cual llegó a buscar fortuna Eva Duarte (Evita) de diecinueve años de edad. A Barranquilla llegaban por tren y vapor los compatriotas del interior.

Sin más recurso [15] que la juventud, según cuenta la abuela de Matamoros, las chicas recién llegadas se aferraban a lo primero que salía. Se hacían vendedoras ambulantes, cortadoras de pelo, costureras, camareras de salón, sirvientas o prostitutas.
“¿A qué se dedicó tu abuela al llegar a Barranquilla?”
“Bueno”, repuso Matamoros, “fue doméstica en la casa de un doctor. Los fines de semana trabajaba en un salón.”

¿Se hizo el muerto? [16]
Mientras más gente llegaba a Barranquilla, menos las oportunidades, pensaron los hermanos Bielski la noche del 23 de mayo de 1933. Se reunieron en el cuarto grande que alquilaban cerca de la estación ferroviaria. El sarpullido que les carcomía las inglés [17], los mosquitos y la disentería terminaron por nublar la objetividad de la formación científica. Después de cinco meses de estadía infructuosa en Barranquilla era hora de buscarse el porvenir [18] en otro lado. No fue una decisión unánime. Jacobo se opuso, especialmente a la inminencia del viaje.
“Si quieres quedarte”, le dijeron sus hermanos, “allá tú”.

Jacobo se había enamorado de Maria Ignacia Sánchez, de su piel trigueña, de los ojos oscuros, del pelo ondulado que le llegaba a la cintura, de su figura opulenta y, sobre todo, de aquel reírse a carcajadas, tapándose la cara con ambas manos. Se quedó silbando su danzón del alma:

Yo voy a la eternidad porque quiero
A mi mulata, porque su pasión me mata,
Caramba, porque eso es de realidad [19].

El amor de María Ignacia le mató el sarpullido, al carraspeo de solterón [20] y, más importante, le mató la soledad insoportable de las noches del trópico.

Que yo me voy contigo, prieta santa,
Si tu me llevas para la eternidad.

Al cuarto austero llegaba Maria Ignacia a plancharle las camisas de algodón, le preparaba sancocho en reverbero [21], le enseñaba a pronunciar la ere y la o. Jacobo, a la vez, le contaba historias de tierras aun más lejanas que las de sus primeras calenturas. Le hablaba de ecuaciones, de la relatividad, todas esas cosas raras que ella descartaba como locuras de polaco. Y el polaco para no defraudarla le hacia toda clase de trucos. Manchaba [22] el pañuelo con un químico y lo pasaba por otro para hacer desaparecer la mancha por arte de magia.
“Cuéntame mas”, le pedía ella.
Le hablaba de castillos de Europa y de caballos, pronunciando castillas y caballas.
“No es castilla, bobo, sino castillo” [23], lo corregía ella, haciendo un círculo con los labios.
Jacobo entonces sin mas resistencia la comía a besos. Y así, entre trucos y besos, iban cayendo las noches hasta la noche del dieciocho de junio cuando se produjo el mayor truco en la historia de María Ignacia Sánchez. Quedó embarazada. Ella lo supo con tal exactitud que nunca lo puso en tela de duda.
“Y eso”, le pregunté a Matamoros.
Según le contó a su madre la abuela, la noche del embarazo, dormía profundamente y en sus sueños vio que una niña se le había metido al corazón. Se despertó y encontró al polaco silbando en la ventana. Le contó su sueño tal como lo acababa de vivir. Le dijo que vio sus venas abiertas y que una canoa diminuta le iba navegando con una niña y que desapareció al caer en las cataratas del corazón. El polaco le cubrió con la sabana de bramante y le dio palmaditas en la frente [24] hasta dormirla de nuevo. Entonces volvió a la ventana y se clavó en ella mirando la infinita oscuridad del porvenir a lo lejos.

Yo voy a la eternidad porque quiero a mi mulata... [25]

Se fue a Costa Rica mucho antes que naciera la niña, prometiendo regresar.

Nació la niña pero Jacobo no regresaba ni regresó jamás. Lo que sí llego fue noticias de su muerte prematura que la abuela, naturalmente, no tomó del todo en serio. Cuantos hombres no abandonaban esposa e hijos y, haciéndose pasar por muertos, se desligaban de toda responsabilidad. Pero con una niña a cuestas [26], cuando la oportunidad tocó su puerta, ella se apresuró a contestarla. Se casó con Eleodoro Miranda, un hombre trabajador con quien envejecería. De todas maneras, la niña, que llevaba el apellido del padrastro, nunca dejó de acompañar a su madre al puerto cada vez que se anunciaba la llegada de un barco procedente de América Central. La niña se llamó María Bárbara.
“María Bárbara Miranda Sánchez es mi madre” recalca el matemático Matamoros.

El agridulce final
Matamoros buscó todos los días la respuesta en la computadora que le conectara con el lado mítico de su ser. ¿Murió el abuelo? ¿Amó su abuela a Jacobo Bielski? ¿Existió Jacobo Bielski?

El tres de octubre del 2002 llegó un mensaje. Había un tal Isaac Bielski estudiando matemáticas en el Instituto de Tecnología de Massachussets. Este Bielski tenía una Página en el Internet donde Matamoros no solo pudo ver su fotografía sino también se enteró que había nacido en Costa Rica.

Matamoros le envió un mensaje electrónico inmediato:
“Sé de tres hermanos Bielski que pasaron de Barranquilla a Costa Rica. ¿Tienes algún parentesco con ellos?”
La respuesta no se hizo esperar [27]:
“Mi abuelo y sus dos hermanos llegaron a Colombia en los años treinta y de allí pasaron a Costa Rica”.
“¿A qué se dedicaron [28]?”
“Los tres eran físicos matemáticos”.
Matamoros entonces le preguntó si uno de los hermanos se llamó Jacobo.
“Jacobo fue el mayor”.
“¿Hay descendencia de él en Costa Rica?”
“No”, repuso Isaac Bielski. “Jacobo murió poco después de llegar a Costa Rica”.

Lo interesante del asunto es que a Matamoros, ciertas noches, me dijo, le entra una irrefrenable [29] urgencia de asomarse [30] a la ventana y ponerse a silbar música tropical.

Diccionario
[1] With the help.
[2] Was inaugurated.
[3] Unstoppable. Without breaks, hectic.
[4] Naïve. Not to be confused with ingenioso = ingenious.
[5] Confused him.
[6] Wooden suitcase.
[7] Beauty mark painted in her cheek.
[8] Set out for himself.
[9] Left the stale attics.
[10] Starting point.
[11] A Polish man, a foreigner, white, reddish.
[12] Her body couldn’t hold so much love.
[13] She never dared to . . .
[14] Unexpected.
[15] Without resources.
[16] Was he playing dead, pretending to be dead?
[17] He had rashes all over the groin.
[18] The time had come to look for new horizons; time to earn a living elsewhere.
[19]The song was made popular by the Cuban Trío Matamoros in the 20’s.
[20] A single man’s chronic coughing.
[21] Fixed him stew made of green banana, yucca and meats on a gasoline oven.
[22] Stained.
[23] A play on the English pronunciation of ‘a’ as ‘o’ and vice versa. Bobo is silly, dummy.
[24] Patted her on the head softly.
[25] I’m going to heaven because I love my woman (dark skin, mulatto); because of her love I will be immortal.
[26] With the burden of a child, with the responsibility.
[27] The answer came immediately.
[28] What did they do?
[29] An unstoppable impulse overtook him.
[30] Come out to.

Memorista

El trabajo de un memorista pertenece a la literatura, no al periodismo. Es un error leer los recuerdos como se lee las noticias de un periódico. El memorista trata, en la medida de los posible, de llegar al fondo de los hechos. El cuadro es San Jerónimo (el santo de los traductores y memoristas), El Greco.

 Archivo

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