Cronista LIBERTINA

Sinopsis 

Irene Borja, historiadora con la Universidad Católica de Quito y Georgetown de Washington rescata las crónicas y diarios de doña Petrona Guerrero, una feminista del siglo 18. Feminista y revolucionaria, doña Petrona participa en la creación de la primera república independiente de España en las Américas, la República de Quito. Pero la lucha de doña Petrona no solo es por la liberación política, se enfrenta a una sociedad represiva por la liberación de su intelecto y sexualidad. Las consecuencias naturalmente serán devastadoras.

    En las palabras de la profesora Borja: 

    —Doña Petrona vivió una vida de hombre más que de mujer, vivió a plenitud. Nos podrá parecer absurdo que la plenitud simbolice inconformidad o rebelión, pero aun en la cumbre de la Ilustración la mujer debió luchar por los derechos más elementales. Y no fue una santa. Escandalizó a una ciudad eminentemente mojigata. Para darles un ejemplo, abandonó al marido y campante se mudó con el amante.

    Una estudiante en Quito comenta:

    —Leí que un marido estaba en su derecho de matar a la adúltera.

    La profesora Borja:

    —No solo en Quito rigió una moralidad ensañada contra las mujeres. En Francia, el faro de la Ilustración, el gran Rousseau, autor de la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano, proclamó que el estado óptimo de la mujer es callada. Su virtud doméstica y al servicio del hombre. La jurisprudencia no prescribió la pena capital por adulterio en Quito, pero si el cornudo encontraba a su mujer in fraganti la reparación del honor fue un excluyente de responsabilidad en el homicidio.

    —¿No la ahorcarían? —una estudiante de Washington, alarmada.

    —La posición social le protegió de la horca, pero la inconformidad le costó la libertad.

    —¿Había prisión por adulterio? —la estudiante de Washington.

    —En la recién inaugurada República de los Estados Unidos encarcelaron a las adúlteras, y en algunos estados las ahorcaron. En Quito no, pero, como queda señalado, castigar no era una potestad exclusiva de los tribunales, la sociedad civil tenía sus propios métodos, y más crueles. Las transgresiones de doña Petrona hirieron no solo al marido, enlodó a la familia, y siendo la endogamia endémica, todos los nobles estaban emparentados, la sociedad entera se vio afectada. Sus crónicas, desnudando esa sociedad, acostumbrada a lavar los paños sucios a puerta cerrada, y el adulterio, sobretodo su manera de amar sin tapujos, tenía que costarle, y doña Petrona debió anticiparlo, no podía salir impune. No lo hizo, estaba enamorada. De todas maneras, jamás habría imaginado la magnitud del castigo.

    Una estudiante de Quito intercede dos preguntas inevitables:

    —¿Por qué los libros de historia no la mencionan? ¿Por qué no se ha escrito una biografía de una mujer así, de armas tomar?

    La profesora Borja responde: 
    —La historia oficiosa del Ecuador fue escrita por hombres con el heroísmo de norte. El heroísmo no venía en talla femenina, ciertamente no en talla de una cronista inconforme.





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